Consuelo para viudas y huérfanos

Escribo desde la experiencia: perdí a mi padre a los veinte años.

A los sesenta y uno ya he visto morir a bastante gente. Esta semana ha sido una de esas en que la muerte ronda cerca. “Nos afeitan con morteros”, diría mi abuelo.

Escribo desde la paz. Les ruego que me crean.

Cuando uno pierde a su padre, a su madre, a un hijo, a un ser amado, en suma, pierde literalmente un miembro de su cuerpo y se le abre una herida en el alma;

uno pasa a ser, por ejemplo, cojo: le falta una pierna -el padre, la madre, el marido, el hijo…-.

Uno no quiere asumir que es cojo; no que está cojo, sino que ya para siempre, hasta que él mismo muera, será un cojo.

Un cojo no puede jugar al fútbol, ni al tenis. Puede, quizá, con una buena prótesis.

Pero la prótesis no es el padre, la madre, el marido, el hijo…

Uno es cojo y tiene que asumir su nueva condición, su nuevo ser -no exagero: se es otro, distinto-. Esto no es fácil. Es tremendamente difícil.

Yo no he olvidado a mi padre en 41 años, al contrario.

La herida del alma ha cicatrizado, pero veo la cicatriz.

Soy un cojo y he podido sobrevivir con una pata de palo.

Bueno. Más nos vale entrar cojos en el Reino de los Cielos que en el infierno con las dos piernas, dijo el Señor Jesucristo, que es Dios.

Dios. ¿Creer?

He aquí la clave de todo este inmenso y cotidiano drama vital.

Apuesten por Dios. Es mi consejo. Si no lo hacen pueden apostar por lo que más les guste o consuele. Pero sepan que NADA les consolará. Nada es nada.

Se volverán, como mucho, resignados estoicos, con un tono perenne de amargura, sutil si quieren, pero perceptible por ustedes y por sus amigos, como una niebla gris permanente en sus vidas.

A beneficio de inventario, les cuento algunas de las reacciones más comunes que he visto en estos 52 años que llevo conviviendo conscientemente con la muerte (mi abuelo, primer muerto, falleció cuando yo tenía 9 años. Tumbado el cadáver en la cama, besé su frente. Nunca he podido volver a hacerlo: dejé de ser niño entonces).

-Darse a la anestesia a través del alcohol y las drogas, el sexo, el juego, o todo ello junto, lo cual es muy frecuente. Esto puede terminar con la muerte por sobredosis, exceso o accidente; puede terminar con la persona alcoholizada o politoxicómana de por vida (la poca que le quede); puede terminar con el suicidio más o menos razonado; puede terminar, como terminó Pepe, con las piernas amputadas por una gangrena diabética por no dejar los excesos. Cada cual elige su tiniebla. Es el camino más seguro hacia la desaparición. El más fácil. No culpo a nadie. No juzgo a nadie. Yo lo transité un poco.

-Encerrarse en uno mismo en un pequeño castillo de afectos y fidelidades, de aburguesamiento tímido y miedoso, que es lógico: gato escaldado… Todo lo que suene a desgracia o riesgo se rehuye. Toda decisión se aplaza o se elige siempre la menos viva. Uno se enjaula: no sufre, pero tampoco vuela. Y si vuela, bajito y con paracaídas. Al final hay un egoísmo ombliguista que evita abrirse de verdad, o sea, con la previsible dosis de sufrimiento que conlleva darse a los demás.

No es un suicidio: es la cárcel con apariencia de vida libre.

-La rebelión. No aceptar que uno es cojo y enfadarse con el mundo por no poder jugar al fútbol. Culpar al mundo. Culpar al padre, la madre, el amigo, el hijo, que han quedado en este planeta. Es una lamentable injusticia porque los que han quedado vivos están igualmente destrozados, en mayor o menor medida, con mayor o menor angustia, con más o menos desesperación en el alma herida. Esto crea pequeños dictadores amargados que amargan la vida a los demás. Pequeños dictadores orgullosos que, habitualmente, no quieren ayuda ni dejan que se les ayude. Un buen tratamiento médico y psicológico obraría maravillas, pero terminan regodeándose en su desgracia porque su desgracia les hace únicos (según su percepción, claro) y merecedores de castigar a los demás quienes, a su vez, merecen ser castigados porque el pequeño dictador egoísta no puede jugar al fútbol (es cojo y, ya saben, no lo quiere aceptar).

-La resignación. Hemos hablado de ella. Se trata del mal menor. He conocido verdaderos héroes de la resignación, hombres y mujeres forjados con el hierro de la voluntad firme, el llanto callado, la disciplina y la tenacidad. Y el honor, si son militares como mi abuelo. Héroes que han sustituido la felicidad y la vida por el deber y el recuerdo: ¡Presente! Tan digno todo ello de admiración, como de tristeza, porque merecen más, mucho más, que pasar esta vida saltando vallas para concluir la carrera con dignidad. Merecen ser felices con su cojera.

¡Imposible! Oigo decir a estos últimos. Y escucho la sinceridad de su grito.

En los demás casos, su “¡Imposible!” llegará acompañado de la ira, la agonía, el cinismo, el tartamudeo inconsciente del drogadicto o el desprecio de quien ya no espera nada de nadie.

No culpo. No juzgo. Me desespera no poder ayudar personalmente a tanta gente que sufre.

No deseo a nadie pasar por lo que uno ha pasado. Sé, repito, de lo que hablo.

(Este escrito está resultando frío, distante. Sí: no hay manera de tratar estos temas de cerca.

Solo la distancia puede hacer que no te pongas a llorar mientras redactas con el corazón encogido unas líneas que pretenden ser un bálsamo).

¿Creer en Dios?

Sí. Apuesten por ello, repito. No perderé el tiempo con discusiones sobre su existencia: estamos al 50% los creyentes y los ateos. Nadie puede demostrar Su existencia o inexistencia. Nadie.

Apuesten, pues.

Apuesten, dijo mi padre, “vive, chaval, como si Dios existiera”. Porque lo otro es el infierno, le faltó añadir. Cualquiera de los infiernos que he descrito. Y cualquiera de ellos tiene una sola causa: el miedo a la muerte, el miedo al absoluto de la muerte, que nos convierte en esclavos.

Y no.

La muerte, si creen en Dios, es una puerta. “Morir es solo morir, morir se acaba”, escribió un gran poeta que, además, era un gran sacerdote.

“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”, dijo san Pablo, ese que se cayó del caballo porque vio a Cristo en persona.

Ustedes no han visto a Cristo en persona, me dirán, y añadirán que la fe es un don y Dios no ha querido dárselo. Bueno. ¿Se lo han pedido? ¿Se lo han pedido de rodillas, con clamores, gritos y lágrimas, día y noche? Yo les prometo que no tardará en darles esa fe que necesitan.

Créanme. Dios no tarda en ayudar a sus hijos, si éstos quieren ser ayudados.

Jesucristo preguntaba: “¿Quieres curarte”? Y si le decían que sí, obraba el milagro.

Puede parecer estúpido, ¿qué enfermo no quiere curarse?

Yo les digo que muchos. Muchísimos. Todos los que he descrito más arriba no quieren curarse, no quieren pedir ayuda, no la aceptan.

Orgullo. Miserable orgullo. Orgullo que esclaviza y paraliza tanto o más que el alcohol o la cocaína. La juerga, la “marcha”, no es movimiento: es parálisis mental y física.

Termino.

Si quien lea esto tiene el corazón herido y cerrado a cal y canto, le molestará verse retratado.

Si quien lo lee está desesperado, me dirá: “Muy bonito, pero mi madre ha muerto. ¿Me la devolverá alguien?”

Si está triste, muy triste, preguntará: “¿Papá, dónde estás?”

Y si cree en Dios, podrá decir todo lo anterior.

Incluso podrá quejarse a Dios amarga y largamente.

Pero al final, postrado en tierra, gemirá:

-Confío en tí, Padre. Tú lo sabes todo, sabes que te amo y quiero que se haga Tu Voluntad y no la mía. No Te entiendo ahora, pero sé que algún día te veré y entonces, Padre, Papá, no habrá más preguntas.

Rezo por ustedes. Recen por mí.

Porque no hay hombre más débil y necesitado en toda la tierra.

Gracias.


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