La intensidad de la oración

Quien entra por primera vez en la pustinia experimentará durante un día o dos, en cierta medida, el rumor interior. La primera vez que entró una mujer de nuestro grupo, al volver me dijo: “Querida, ¡qué experiencia terrible! ¿Sabes qué me sucedió?”. Le respondí: “Sí, pienso que lo sé. Pero dímelo lo mismo”. Me dijo: “Todos los pensamientos bullían en mi cerebro como moscas. Pensaba que tenía que remendar mis vaqueros, que tenía que arrancar la maleza de mi jardín. Pensaba en todo, menos en Dios”. Le dije: “¡Oh! Es perfectamente natural”. El hombre de hoy necesita tiempo para plegar las alas de la inteligencia y abrir las puertas del corazón.

Quienes entre vosotros quieran entrar en la pustinia un día o dos, deben saber algo esencial: tienen que plegar las alas de la inteligencia. En esta civilización occidental todo pasa por la cabeza. Sois muy intelectuales, estáis repletos de muchos tipos de saberes. La pustinia, por primera vez y sobre todo, os pone en contacto con la soledad. En segundo lugar, os pone en contacto con Dios. Aunque no experimentéis absolutamente nada, la realidad es que habéis acudido para encontrar a Dios, para una cita absolutamente personal. Habéis dicho al Señor: “Señor, en mi vida ocupada quiero tomar estas veinticuatro horas, estas treinta y seis horas o estas cuarenta y ocho horas para ir a tu encuentro, porque estoy muy cansado. El mundo no es como tú querrías que fuera, y tampoco yo. Quiero ir a descansar sobre tu pecho, como san Juan el Predilecto. Y para esto estoy aquí”. O también podéis decirle: “Señor: no creo en ti. No creo ni siquiera en tu existencia. Pienso que tú estás muerto. Pero me han dicho que quizá estés vivo en esta alegre casita en medio del bosque. Quiero ir a ver. ¿Puedo?”.

Se puede ir a hacer un retiro de este tipo por una infinidad de razones, pero la razón esencial es replegar el intelecto que ha construido tantas torres de Babel y que sigue haciéndolo, y abrir el corazón, el único capaz de recibir la palabra de Dios.

San Pablo dice: “Orad constantemente”. La oración es la fuente y la parte más íntima de nuestra vida. “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto”. Estas palabras de nuestro Señor significan que debéis entrar en vosotros mismos y establecer allí un santuario. El lugar secreto es el corazón humano. La vida de oración –su intensidad, su profundidad, su ritmo– es la medida de nuestra salud espiritual y nos revela a nosotros mismos. “De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”. Con los ascetas, el desierto se interioriza y significa la concentración del espíritu recogido. En esta esfera, en la que el hombre sabe cómo permanecer en silencio, se encuentra la verdadera oración. Y justamente aquí recibe una visita misteriosa.

También esta es una cosa que la pustinia os enseñará, si os dejáis imbuir. Os enseñará la oración, quizá una oración diferente de la oración a la que estabais acostumbrados.

A menudo se dice que no hay tiempo para rezar. ¿Dónde está el lugar de la oración? La oración está en lo íntimo. Yo soy una iglesia. Soy el templo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Vienen a mí. El Señor me dijo que él y su Padre vendrían a habitar en mí. No tengo necesidad de ir a ninguna parte. Por lo demás, esto no significa que no se debe alabar a Dios en la iglesia, adonde todos los demás acuden a rezar, sino que se debe rezar constantemente. No debería haber interrupción en nuestra oración. Existe una pustinia del corazón. ¿Por qué mi corazón debería estar lejos de Dios mientras os hablo? Cuando os sentís enamorados de alguien, se podría decir que el rostro del ser amado se presenta a vuestros ojos mientras conducís, mientras escribís con el ordenador, mientras firmáis un seguro, etc. De un modo u otro, somos capaces de delinear simultáneamente estas dos realidades: el rostro del ser amado y lo que estamos haciendo.

Amigos: la oración es así. Si os enamoráis, es imposible separar la vida y la intensidad de la oración. La oración es simplemente unión con Dios. La oración no tiene necesidad de palabras. Cuando dos personas están enamoradas, se miran una a otra, se miran a los ojos, o la mujer permanece simplemente acurrucada entre los brazos de su marido. No hablan ni uno ni otro. Cuando el amor llega a su punto culminante, ya no se expresa. Alcanza el inmenso reino del silencio en el que vibra y asume proporciones desconocidas para todos aquellos que jamás han entrado en él. Así es la vida de oración con Dios. Entráis en Dios y Dios entra en vosotros, y la unión es constante.

El día de mi bautismo, mis pies dieron el primer paso hacia esa unión con Dios, por la cual he venido al mundo. Puedo pasar toda mi vida sin recordarlo. Será una vida árida. Será una vida infeliz. Pero cualquier cosa que me suceda, si logro recordar que existo para estar unida a Dios, y que en verdad estoy unida a Dios en cada instante, todo lo que tengo que hacer es pensar en ello. En realidad, ni siquiera tengo que pensar en ello: su rostro está siempre delante de mí.

Catherine de Hueck Doherty

La autora

Estas palabras fueron escritas para quienes pedían experimentar el silencio en la pustinia, una cabaña en el bosque canadiense que Catherine de Hueck Doherty construyó según el modelo de una práctica espiritual que había conocido durante su infancia en Rusia. Catherine nació en 1896 en el seno de una rica familia ruso-polaca, por lo cual era católica. La revolución la obligó a huir junto con su marido, aristócrata ruso, a Canadá y Estados Unidos. Conoció el exilio y la pobreza, después de nuevo la riqueza y la vida mundana, de la que se retiró para vivir junto a los pobres de Toronto. A continuación, fundó en Harlem una Casa de la amistad, frecuentada por personas que querían compartir su vida con ella. Amiga de Dorothy Day, se comprometió a crear lugares de silencio para la oración y la meditación, que llamó Madonna House. A este proyecto se dedicó hasta su muerte, en 1985. En sus numerosos escritos revela la importancia y la necesidad del silencio en la vida contemporánea.

Fuente: L’Osservatore Romano.


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