El dinero y la Gracia

“Me pregunta usted por el dinero y, por el contexto de su carta, deduzco que pretende que yo descalifique absolutamente ese medio de intercambio de riqueza. No hace ninguna falta: Jesús lo hizo por nosotros. Ya sabe que su prohibición más tajante es “no podéis servir a Dios y al dinero”. Están, claro, las diatribas contra la hipocresía de los fariseos, pero, en cualquier caso, son las lógicas broncas de un padre enfadado a sus hijos díscolos.

Con el dinero, en cambio, Jesús se pone muy serio. El Bautista había advertido a los soldados de que se contentasen con la paga. Jesús nos previene contra el dinero porque tiene la capacidad de ser servido. Es decir, de ser dueño, amo. ¿Quién le otorga tal capacidad?

He aquí la gran cuestión y el gran peligro. “Temed a aquel que puede llevar alma y cuerpo a la Gehenna”. Aquel es Satán mismo. El mono de Dios, el imitador de Dios para nuestra perdición, nos ofrece SU poder: no es otro que el dinero. El dinero es la Gracia del diablo.

Fíjese bien. El poder de ser santos, el poder de obrar el bien, el poder -sí- de obrar milagros, el poder de llevar nuestra cruz de cada día, nos viene de la Gracia De Dios. Todo es Gracia, habrá oído usted decir tantas veces…

En negativo, también todo es Dinero -con mayúsculas-. El dinero llena plenamente la vida de sus servidores: les da poder para dominar, para comprar y vender, para corromper, para traicionar, para estafar, para hacer y para ser. Ser para ganar dinero, amasarlo, óxido y herrumbre, como dice Santiago, que os devorarán. ¿Hay mejor definición del infierno? Metales incandescentes consumiendo la carne humana y el alma de los siervos del Dinero.

Toca elegir: el poder de la Gracia o el poder del Dinero.

Es la única gran elección. No pueden convivir. Ninguno permite espacio al otro.

El Dinero, como el diablo, quiere ser Dios.

Y Dios es celoso. Como buen amante, Dios es celoso y exagerado. Derramar la última gota de sangre para salvar a sus amados gusanos pecadores es la mayor exageración que han conocido los siglos y la eternidad entera. Infinita y bendita exageración de Dios. ¡Cómo Te entiendo!

Usted me dirá: hay santos banqueros y santos reyes y santos comerciantes. Claro. Pero todos fueron pobres. No pobres en el espíritu, pobres de solemnidad. Conozco a un señor empresario que es pobre: viste con justa dignidad, dona todo lo que gana, tiene un sueldo miserable; y, ahora, una pensión como la de cualquier jubilado. Tiene, tenía, más de 5.000 empleados. Sus directivos ganaban más que él. Nunca nadie lo supo. Nunca nadie supo que dormía en la capilla de la Adoración Nocturna de aquella ciudad. Pobre con dinero. Millonario en Gracia.

Desconfíe siempre de cualquier pacto con el dinero. Su naturaleza espiritual se pone aún más de manifiesto con las tarjetas de crédito y la especulación financiera: números sobre papeles. Nada. Y peor que nada.”

El monje prosigue con algunos consejos contra la depresión. El monje agradece la suya y me pide que intente agradecer la mía. “Es el apostolado de Getsemaní, no lo desaproveche”, añade.

Coda: Si el monje hubiese sabido en 1992 que el dinero físico y las tarjetas pronto desaparecerán de la circulación, no tendría dudas: el dinero es una herramienta espiritual del Maligno. Y como tal, diría Lewis, su consistencia es tan escasa que produce vértigo.


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