Había una vez un monje

Les ofrezco en exclusiva un adelanto de mi nuevo libro.
Es el final, pero podría ser el principio.
EPÍLOGO

La depresión como purgatorio

La depresión es una melancolía, una tristeza sin fondo, que genera una profunda nostalgia de la felicidad perdida y olvidada. El hombre desea, busca y añora la felicidad, esa sombra brillante y esquiva que nos ampara, a veces, muy pocas, cuando sus alas sobrevuelan el camino que andamos. La felicidad es, pues, casi siempre, una nostalgia de sí misma.

La felicidad máxima del paraíso perdido existió. No hay nostalgia de lo desconocido. Nostalgia de Dios es otro nombre para la depresión. No es la “noche oscura” porque en ésta la ausencia delimita Su Presencia, el hueco que deja es demasiado parecido a una Cruz redentora. No. La depresión es la nostalgia de esa Presencia, borrada ya toda esperanza. Quizá Santa Teresita de Lisieux experimentó algo parecido en las horas agónicas que precedieron a su muerte y en los días grises de su penúltima etapa en el convento.

La nostalgia es una tortura lenta y mortal. Solo el milagro de la Presencia puede curarla. No es el infierno porque en él cualquier atisbo de esperanza agudiza el dolor y el odio; y uno cree que la misericordia de Dios lo impide. Si no lo impidiera, caerían más aviones, habría más guerras -sí, más-, y morirían más seres humanos en altares satánicos: los campos de extreminio del aborto y la eutanasia. Pero el infierno es el lugar del gusano y del fuego inextinguible, del remordimiento y la culpa no aceptada: aceptarla es sumirse en el abismo de Sauron, permitan que cite a Tolkien, como sucedió a Golum.

Entonces la depresión es el purgatorio. Es la espera de Dios, del milagro sanador de la Presencia. La nostalgia de Dios. El deprimido no es un desesperado, solo lo parece. El suicidio para el depresivo es un síntoma, como la fiebre para quien sufre de gripe. No hay culpa en la agonía, dice el monje. Y, ya saben, dice bien, porque fuimos salvados por una agonía infinita, por una depresión que solo se curó, después del sudor de sangre, por el milagro de los ángeles consoladores. El hombre de Galilea había sucumbido. Y Dios Padre, ausente y roto, se hizo trampas en el solitario y envió a los ángeles… Si usted es padre o madre lo comprenderá perfectamente.

De modo que recen por esos grandes nostálgicos de Dios que son los habitantes del Purgatorio. Las almas del Purgatorio padecen depresión en grado extremo. Ahí está Dios, cerca o lejos, depende del nivel en que se encuentren. Ahí está la Felicidad, al alcance de una mano que no aparece. Recen. Recen por las almas deprimidas del Purgatorio. Yo les aseguro que nadie en este mundo sufre más que ellas. Nadie.

Les propongo dos oraciones muy fáciles.

La primera es una jaculatoria que el propio Jesús dictó a Sor María Consolata Betrone, mística capuchina. Se llama “El Acto de Amor”:

Jesús, María, os amo, salvad las almas.

Pueden rezarla a todas horas.

La segunda, más conocida, de Santa Gertrudis, que libera mil almas del Purgatorio cada vez que se reza:

“Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima Sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio.

Por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la Iglesia universal, por aquellos en mi propia casa y dentro de mi familia. Amén.”

“Es, pues un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin que sean libres de sus pecados.” (2 Mac. XII, 45-46).


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