EL LIBRO DE TUN

He descubierto un libro muy antiguo y muy estropeado. Le faltan hojas. Hay muchas páginas rotas o descoloridas. Es un libro inglés.

Creo que puedo leer el título: “El libro de Tun”. O algo parecido.

Parece el diálogo entre un niño y Dios.

Copiaré y traduciré algunos fragmentos.

Nota: En inglés, el niño se llama “Youn”. Deduzco que tal vez sea un acrónimo de “Your Name”. En cualquier caso, cuando lean “Tun” imaginen que es el nombre de cada uno y que Dios habla con ustedes.

-Hola, Dios.

-Hola, Tun.

-Te pareces a mi mamá, Dios.

-¡Ah, esto es porque quieres mucho a tu mamá!

-Y a mi papá, también. Son muy buenos. Tú, Dios, te pareces a los dos.

-Oh, muy bien.

-Mis papás son muy buenos, pero yo creo que hay papás malos.

-No, no. Solo están confundidos, Tun.

-Puede ser; pero tú, Dios, ¿cómo eres de verdad?

-Mira… Así.

-¡Anda! Eres… Eres como… Eres… No lo puedo decir… ¿Cómo lo puedo decir? Eres…

No se puede…

-Claro, soy Dios.

-Sí que eres claro, esto es cierto. Eres muy claro y muchas más cosas que no sé decir. ¡Mira, una! ¡Eres de muchos colores, de todos los colores, de colores que no existen!

-No te preocupes nadie puede decir cómo soy, Tun. Solo mi hijo.

-Tu hijo, ¿es Jesús?

-Sí, le llamáis Jesús. Por ahí viene.

-¡Hola, Tun!

-¡Hola, Jesús! Tú sí que eres como te pintan en la tierra. Más guapo y más brillante y más claro. Los dos sois muy claros y de todos los colores.

-Somos padre e hijo y nos parecemos, Tun -dice Dios.

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-¿Puedo empezar a preguntar cosas?

-Puedes. Pero ¿quieres ir a algún sitio? Las preguntas pueden cambiar según dónde estés.

-Me gusta el mar y la playa.

-Pues vamos. Ya hemos llegado, Tun.

-¡Qué rápido! ¡Jesús está encima del agua y está de pie!

-Habla con los ángeles del mar. Todas las cosas tienen sus ángeles. Todo lo hacen ángeles, Tun. Hay ángeles que vigilan el mar y ángeles que vigilan a los peces. Y también hay ángeles dentro de los peces: ángeles que hacen que los peces respiren y coman y se muevan. ¿Sabes qué son las células?

-Son animalitos muy, muy, muy, muy pequeñitos que todos tenemos y los animales también. Esto me lo contó mi papá, que sabe todas las cosas.

-Pues hay ángeles para las células, Tun. Tú tienes un ángel de la guarda y las células tienen su ángel de la guarda. A ti te vigila y te protege, y a ellas las hace funcionar, las hace vivir. El camino de las células es distinto al de los hombres y por eso sus ángeles hacen cosas distintas.

-¿El camino?

-Todos estáis en camino, Tun. Todo está en camino. Nada está quieto.

-Oh… Ah… Y… ¿Qué es más complicado: cuidar a un hombre o a una célula?

-Sin duda, a un hombre, Tun. Las células tienen una especie de programación.

-¿Eso qué es?

-Quiere decir que funcionan siempre igual, según se les dice; obedecen porque están programadas para obedecer.

-¿No pueden no obedecer, Dios?

-No. Las piedras y las plantas y los animales tampoco pueden no obedecer.

-¿Y los hombres?

-Los hombres pueden no obedecer porque son libres. Tú mismo, Tun, estás aquí porque quieres. Si no quisieras, no podríamos hablar.

-Eso es imposible. ¿Cómo no vas a querer hablar con alguien tan… tan…? ¡Con tantos colores!

-Pues muchos hombres no quieren hablar conmigo, Tun.

-Mira: Jesús ahora habla con los pájaros y con los ángeles de los pájaros. ¿Y aquellas nubes?

-Oh, aquellas nubes las están pintando unos ángeles pintores. Pintan cada mañana la salida del sol. Y otros pintan el atardecer. Hay un ángel muy bueno que se llama Diego. Y otro también muy hábil que se llama Leonardo.

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-¿Y aquel que hace esas manchas rojas y azules?

-Se llama Joan.

-¿Estás serio, Tun? -dice Dios.

-Estoy un poco triste porque has dicho que los hombres no quieren hablar contigo, Dios.

-Algunos. Bueno, muchos, Tun. No quieren, es verdad.

-Y ¿no te pones triste, Dios?

-Mucho. Pero no les puedo obligar. Son libres.

-No lo entiendo. Eres Dios.

-¿Te gustaría obligar a tu mamá a quererte, Tun?

-No hace falta: ella ya me quiere mucho.

-Y tú la quieres a ella, ¿no?

-Sí, también la quiero mucho.

-Y ella no te obliga…

-¡No, yo la quiero! Si me obligase, a lo mejor no la querría. Cuando te obligan a hacer algo, te cuesta más o no quieres. Es como ir al colegio y hacer los deberes.

Bueno, los deberes de dibujo me gustan.

-Pues ya lo ves. No les puedo poner a los hombres los deberes de que me quieran, Tun. Sería como programarlos.

-¿Como las células y las plantas y eso?

-Muy bien, Tun. Lo has entendido.

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-Es fácil, Dios. Pero es triste. Y ¿qué puedes hacer para que te quieran?

-Todo y nada.

-Ahora no te entiendo, Dios.

-Pues que ya lo he hecho todo y no puedo hacer nada más. A ver: como soy infinito y eterno (según decís en la tierra para expresar algo que no podéis comprender), cuando lo hago todo, lo hago todo y no queda nada por hacer. ¿Me sigues?

-Sí. Lo haces todo. Y como eres Dios no te quedan deberes por hacer porque los haces todos de golpe.

-Muy bien, Tun. Así que no me queda nada por hacer porque lo único que puedo hacer es amar y ya os amo todo. ¿Me entiendes?

-¿No puedes no amar?

-No sería Dios. Voy a intentar explicártelo. Si pudiese no amar, no existiría. Porque vivir es amar. Yo soy la Vida porque soy Amor. Si no hay amor, no hay vida.

-¡Pero hay gente mala que no ama, como tú dices, Dios! Y yo digo que no quieren a nadie y hacen daño.

-Nadie es completamente malo. Si alguien fuera todo malo y solo malo, no existiría porque no habría vida en él.

-Es como el fuego: si se apaga, no existe, ¿no?

-Eso es, sí. Me gusta decir que es también como la música: si no se interpreta solo existe en un papel con unos signos que no son la música.

-Quieres decir que todo el mundo tiene algo bueno.

-Claro. Están confundidos, te lo he dicho antes, bueno, ahora. Es difícil que se escriba esto bien porque el que lo haga estará en el tiempo. En fin, Tun, unas limitaciones que no son culpa vuestra. Mi hijo afirmó: “No saben lo que hacen”.

-Jesús dijo eso antes de morir. Lo sé porque me lo enseñaron para la Primera Comunión.

-La Comunión, la Eucaristía, es todo lo que puedo hacer para que los hombres me quieran. No puedo darles más porque me doy yo, que soy infinito y eterno.

-Y Dios.

-Y Dios, Tun. Aunque en realidad no me llamo Dios.

-¿Cómo te llamas?

-No te lo puedo decir porque entonces lo sabrías todo y aún no estás preparado. Pero te diré la primera letra de mi nombre.

-¡Oh! ¡Es increíble! ¡Es más que una letra! ¡Es clara como una mañana de invierno en las montañas y hay sol y nieve y un perfume! ¡Y también es como un mar de cristal azul muy brillante que no tiene fin y viene una niña muy guapa!

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-Es la Virgen María, Tun. Mi madre.

-¡Se parece a mi mamá!

-Es tu mamá, Tun -dice Dios.

-A mi mamá de la tierra, quiero decir. ¡Se parece a todas las mamás! Porque también se parece a la de mi amiga Lucía.

-¿Y aquella niña que salta con Ella?

-Se llama Bernardita y le gusta mucho jugar. Es muy amiga de mi madre, está siempre en mi casa, a mi derecha, Tun. Tienes que conocer a Bernardita y hacer como ella.

-Ah, vale.

-Jesús está ordenando las nubes con Leonardo y Joan, los ángeles artistas. Voy a decirle que venga a explicarte qué hemos hecho para que los hombres quieran a Dios.

-He tenido que dejar a Leonardo pintando nubes de cerca, y a Joan pintando nubes de lejos. Así cada uno tiene su mirada y están contentos. En la tierra se hubiesen peleado por la mirada. Cuando te distancias parece que la mirada cambia, pero esto solo pasa en la tierra, aquí todo está bien, porque no hay distancia, solo mirada.

-Jesús, a veces hablas raro y cuesta entenderte.

-Tun, ¿puedes explicar la primera letra del nombre de Dios? ¿Puedes explicar todo lo que ves de mi Padre?

-No, Jesús. Porque no solo veo. Veo y más cosas que no se pueden hacer en la tierra.

-Pues por eso “hablo raro”, Tun. Porque cuesta mucho explicaros las cosas del Cielo en palabras. No hay “montañas con nieve ni mares de cristal” por aquí cerca, ¿verdad?

-No.

-Y, en cambio, tú acabas de hablar de todo ello, Tun. No se puede explicar el amor.

-Ah…

-Entonces yo no podía solo explicaros cosas, deciros palabras. Tenía que decirlas y hacer que lo pudieseis ver y sentir.

-¿Qué?

-El amor.

-¿Que nos quieres mucho?

-Sí, que os queremos infinito. Dios ama a los hombres infinitamente. Pero esto no se puede explicar.

-¿Y qué hiciste?

-Me dejé matar por vosotros. Por vosotros porque soy el amigo que da la vida por los amigos; y por vosotros porque me matasteis.

-Entonces, si te matamos, no éramos tus amigos, Jesús.

-Sí y no.

-Otra vez no te entiendo.

-Sí, que sois mis amigos y, a la vez, mis enemigos. Yo doy la vida por mis amigos y por mis enemigos, que sois todos vosotros desde el principio hasta el final del mundo.

-No te entiendo; perdona, Jesús.

-¿Recuerdas que te hemos dicho que sois libres, Tun?

-Sí, Dios.

-Bien, pues cada uno de vosotros, y todos juntos, sois a la vez nuestros amigos y nuestros enemigos. Cuando hacéis cosas buenas sois amigos; cuando, confundidos, hacéis cosas malas os convertís en enemigos, pero de vosotros mismos. Y como yo estoy en vosotros, también os convertís en enemigos míos.

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-Y entonces te pones triste, Dios.

-Sí.

-¿Y qué haces? ¿Lloras?

-Os llamo.

-Pero bajito, para no molestar -dice Jesús.

-¿Y si no te hacemos caso?

-Seguimos llamando. Hasta que nos abren la puerta y entonces celebramos una fiesta.

-Y después lo arreglamos todo -dice Dios.

-¿Cómo? -dice Tun.

-Te lo voy a enseñar. Cuando termine, podré decirte la segunda letra de mi nombre.

-¡Qué bien!

-Ahora, déjame hacer -dice Dios-. A lo mejor te duele.

-A ver, a ver -Tun suspira.

-Mira -dice Dios-, te ha dolido, pero era necesario para curar tu herida en el hombro. Era una herida muy fea. Estaba infectada. Te la hiciste hace tiempo. Y si no la curamos podrías ponerte muy enfermo. ¿Y morirte? Es posible.

-No me gustaría morirme -dice Tun.

-Oh, nadie muere. Lo que llamáis “muerte” es una puerta. Cuando naces también sales por una puerta.

-¿De mi mamá?

-Eso es.

-Yo abro todas las puertas -dice Dios-. Y pasamos por ellas juntos. Yo os llevo de la mano, o en brazos, o a rastras. No podéis vivir sin mí.

-¿Nos bañamos en el mar? -dice Tun.

-Bueno -dice Dios-. Te llevo porque no sabes nadar. Te enseñaré a nadar. Si no hubiese agua no podrías aprender a nadar.

-Claro, ya lo sé.

-Bien, bien. Pues mira, el agua, Tun, es lo que llamáis Espíritu Santo. Así puedes aprender a nadar. Y el aire, también es lo que llamáis Espíritu Santo. No podríais vivir sin Él.

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-¡Voy corriendo! -grita Tun.

-No. Espera. No sabes nadar -dice Dios.

-¡Me ahogo! -grita Tun.

-Ven; por aquí, sujeta mi brazo; muy bien, ya está -sonríe Dios-. No tenías que gritar, siempre estoy a tu lado.

-Es que no te veía.

-Es que no mirabas, Tun. Los hombres sois niños atolondrados que no miráis y por eso no me veis. ¿Te escuece la sal en la herida? Es lo normal. Ayudará a curarla. Soplaré un poquito para aliviarte. Así… ¿Sabes cómo se llaman esas heridas? Pecados. Tú sabes que el fuego quema, pero pones la mano y te quemas. Es así de sencillo. Pretendéis complicarlo todo mucho y, en realidad, todo es muy sencillo. Mi Hijo os manda haceros como niños.

-Yo soy un niño, Dios.

-Tú lo eres. Pero los mayores se creen que son mayores y actúan como si fueran mayores y no lo son. Nunca lo serán. ¿Ves eso de ahí?

-Es un castillo de arena en la playa.

-Es lo que llaman la Gran Muralla de China -dice Dios.

-¡Pero si la puedo pisar!

-No lo hagas, porque no sabes cuántas personas, cuántos animales, cuántos microbios, cuántos vegetales, cuántos minerales, cuántas células hay en ese sitio.

-¿Tú lo sabes, Dios?

-Claro, soy Dios. Es mejor que no pises la Gran Muralla, Tun.

-Bueno, ¿me enseñas a nadar?

-Te soltaré a un par de metros y vienes hacia mí como lo estás viendo ahora en tu cabeza.

-Vale.

-Muy bien, Tun, un esfuerzo más, ya casi llegas. Esto es lo mismo que lo que llamáis rezar: yo os pongo en el agua, me quedo a vuestro lado y os animo a nadar hacia mí. Y al que no llega o se ahoga, le ayudo un poquito. Como Jesús con Pedro. ¿Te acuerdas?

-Sí, Dios. De la Primera Comunión.

-¡Un abrazo, Tun! ¡Muy bien, ya has llegado! ¿No estás contento?

-Sí, Dios. Pero es que recuerdo una vez, hace tiempo, que no me porté muy bien.

-Yo no me acuerdo -dice Dios.

-Sí, mira, te lo digo al oído.

-¡Ah, Tun! Esa cosa. Es pequeñita, pero te molesta detrás de la oreja, ¿verdad? Te la quitaré ahora.

-¿Dolerá, Dios?

-No mucho, es muy pequeña. Ya está. ¿Quieres volver a nadar?

-Ahora quiero bucear.

-Pero si todavía no sabes nadar y ¿quieres bucear? No hagas como los mayores, Tun. Ten paciencia y aprende. Bucear puede ser peligroso. Se ven cosas muy bonitas, pero tienes que tomar precauciones. Los mayores, Tun, no las toman casi nunca.

-¿Quién las toma?

-Los que llamáis “santos”. Ellos bucean sin peligro, porque me han escuchado.

-Yo también te escucho.

-Tú también, sí, es verdad.  ¿Crees todo lo que te digo?

-Claro.

-Creer es una forma muy bonita de amar, Tun. ¿Tú crees a tu papá?

-¡Claro! Mi papá no me engaña porque me quiere.

-¿Y cuándo te sujeta para que no metas los dedos en el enchufe, también te quiere?

-Sí, aunque no me gusta. Si meto los dedos en el enchufe se ponen los pelos de punta y es muy divertido.

-Y peligroso, Tun.

-Por eso mi papá me sujeta. No me gusta. Lo tiene que hacer. Pero me quiere igual.

-Pues hay hombres que cuando yo les sujeto para que no metan los dedos en un enchufe, se enfadan conmigo.

-¿Se enfadan contigo, Dios?

-Sí, porque se creen que no les dejo hacer todo lo quieren. Y si les dejase, sufrirían mucho. Ningún padre quiere ver sufrir a sus hijos.

-Tienes razón. Y ahora que me acuerdo, ¿por qué decías antes, bueno, ahora, bueno, antes, que los hombres estaban “confundidos”?

-Buena pregunta, Tun. Hay alguien que los confunde.

-¿Quién?

-Oh, unos ángeles.

-Pero los ángeles son muy listos.

-Por eso, porque son tan listos, se equivocan -dice Jesús.

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-Jesús… Hablas raro… -Tun resopla.

-Si tú eres muy listo y muy guapo y muy fuerte y te miras en el espejo y te ves muy listo y muy guapo y muy fuerte, lo que puede pasar es que no dejes de mirarte en el espejo. Y entonces ya no ves a nadie más: solo lo guapo, lo listo y lo fuerte que eres.

-Ah.

-Entonces te olvidas de que te han creado así, te olvidas de que no te has creado tú mismo. Y piensas que sí, que tú te has hecho a ti mismo y que, como eres tan maravilloso, todos te deben adorar y ponerse a tu servicio.

-Esto es una tontería: nadie se hace a sí mismo.

-Bueno, los muy listos dicen que se crean ellos mismos por casualidad.

-¿Te llaman “Casualidad”, Dios?

-Más o menos, Tun. Bueno, eso ángeles tan listos decidieron que se iban de casa porque a mí me gustaban mucho los niños como tú, como Bernardita, como Diego, como Leonardo y como Joan. ¡Sois tan pequeños!

-¿Algunos ángeles tuvieron celos?

-Digámoslo así. Tuvieron celos y envidia. Les dijimos que había sitio para todo el mundo (esto es eterno e infinito, ya lo ves) pero se fueron porque querían mandar.

-¿Ser jefes?

-Exactamente. Ser jefes. Pero como todos quieren ser jefes, no paran de pelearse entre ellos y crean un ambiente muy malo, horrible: siempre con luchas, odios, envidias, celos, guerras. Un infierno.

-¡Eh, esto pasa en la tierra!

-Claro, porque estos ángeles os odian. No les gusta que a mí me gustéis. No les gusta que os quiera tanto. Y yo quiero a todo el mundo, a las células y a los ángeles, tenlo en cuenta.

-Porque si no quieres te mueres.

-Porque si no quiero, no sería. No existiría. Y vosotros, tampoco. Ya te lo he dicho.

-Entonces estos ángeles se dedican a fastidiar, Dios. ¿Y si los haces desaparecer?

-¿Matarlos, quieres decir? Oh, no. Ser amor quiere decir mucho más que ser bueno. Quiere decir ser la bondad. Y la bondad ¿puede hacer cosas malas, Tun?

-No, claro.

-Pues yo no quiero, o, lo que para mí es lo mismo, no puedo ser malo y matar a esos ángeles.

-¡Pero entonces se aprovechan de tí!

-Sí. Es mejor dejarse engañar que engañar, Tun. Es mejor dejarse robar que robar. Es mejor dejarse matar que matar. Es mejor ser que no ser.

-Pero estos ángeles malos no tendrían que ser, porque son malos.

-Y tampoco ellos son malos absolutamente. Habrá un Juicio cuando yo quiera.

-¡Ya lo entiendo! ¡Das tiempo para que se hagan buenos!

-Digamos que espero eso, sí. Me gusta la paciencia, Tun. Primero, nadar; y después, bucear.

-Sí, ya lo sé. Pero, mientras tanto, todos esos malos hacen mucho daño en la tierra, Dios; tú lo sabes, porque lo sabes todo.

-Has dicho “en la tierra”, Tun, y has dicho bien. En la tierra mueren las semillas y crecen las raíces y hay gusanos y otros bichos, ¿no es así, Tun?

-Sí.

-Lo que hay dentro de la tierra no es tan bonito como el mar y la playa y el cielo. No hay flores en la tierra, ni frutas, ni nubes, ni pájaros. Y, sin embargo, si no hubiese raíces enterradas en la tierra y semillas que mueren, no habría flores, ni frutas, ni árboles y los pájaros no tendrían dónde poner sus nidos.

-Es verdad, Dios.

-En la tierra, dentro de la tierra, donde vivís ahora, pasan todas esas cosas malas. Pero mira allí, a lo lejos…

-¡Oh, qué bonito! ¡Qué luces tan alegres! ¿Qué son?

-Las primeras que ves, las que vuelan por encima de las demás, las más brillantes y azuladas, son los niños que mueren de forma muy dolorosa: por lo que llamáis enfermedades, guerras, hambre, sed; y los que todavía no han nacido y mueren en el vientre de sus madres.

-¡Parecen muy contentos, Dios!

-Son muy felices, Tun. Son muy santos, muy “bienaventurados” como os diría mi hijo, Jesús.

-¡Oh!

-Los que están más abajo, en el gran conjunto de luces de muchos colores, son los enfermos y los pobres y las víctimas de las guerras y de lo que os parecen “desastres naturales”.

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-No te entiendo; ahora hablas como Jesús.

-Digo que “os parecen desastres naturales”…

-¡Me has leído el pensamiento!

-Tun, aunque me veas tan jovencito, soy Dios -y Dios ríe.

-Ya. Es que no lo parece -y Tun ríe.

-Bueno, pues esos “desastres” son como la cura que te he hecho antes y te ha dolido. Solo que es una cura para mucha gente a la vez, como cuando os ponen vacunas en la tierra, ¿recuerdas?

-Sí.

-Yo les curo y vienen conmigo. Y son tan felices como los ves, ¿los ves?

-¡Sí, todos cantan y bailan!

-Claro. Pero si no les curo, no podrían estar conmigo…

-¿Y dónde están mientras les curas?

-Están creciendo dentro de la tierra. Son como una planta que todavía no ha visto la luz.

-Dentro de la tierra está muy oscuro, Dios.

-Sí, pero ellos van creciendo. La semilla se ha enterrado en la tierra, y allí se va transformando, rodeada de oscuridad y bichitos; y un buen día, asoma una hojita verde y ve un poco de luz, pero no mucha, porque no podría soportarlo. Y esa hojita va creciendo, y tiene un pequeño tallo; y sigue creciendo, y le gusta la luz; y se hace más grande; y, al final, florece. Entonces, mi madre la recoge con mucho cariño y la trae aquí. Mira, son todas aquellas flores que ves allí, al lado de las luces de colores.

-¡Ah, qué…! ¡Qué maravilla, diría mi mamá!

-Bueno, Tun, eso de estar en la tierra y luego venir aquí es lo que vuestros señores sacerdotes llaman “pasar por el purgatorio”.

-Suena un poco mal y da miedo.

-Sí, Tun, pero no han encontrado otra palabra. Ya te dijo Jesús que hablar del amor es muy difícil.

-Pero tú hablas muy bien.

-Tun…

-¿Qué?

-Soy Dios…

-¡Vale! Pero no te llamas Dios, me lo has dicho.

-Es otra palabra vuestra esa de “Dios”, claro. En fin, ¿qué más quieres saber? Porque va siendo hora de que vuelvas.

-¡No quiero!

-Bueno, puedes no volver: eres libre. ¿Y si te lo pido por favor?

-Si me lo pides así, Dios, no puedo decirte que no.

-Gracias, Tun. Esto, que es tan sencillo, lo entienden muy pocos humanos, muy pocos -Dios se entristece.

-Pero tengo una pregunta.

-¿El infierno?

-¡Sí! ¿Lo has sabido?

-Tun…

-Ya, eres Dios.

-El infierno es muy sencillo. Las semillas enterradas en la tierra, en vez de crecer hacia la luz, hacia el sol y el cielo, crecen hacia dentro, hacia el centro de la tierra. Y en el centro de la tierra hay mucho fuego y piedras ardiendo que, a veces, salen por lo que llamáis “volcanes”. O se mueven, a causa de los terremotos y los maremotos.

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-Los volcanes y los terremotos… ¿Se puede salir del infierno?

-Mmmmm… Es algo que no entenderías pero, como dice mi hijo, nada es imposible para mí. Y está el Juicio, Tun.

-¡El Juicio que preparas para que salga todo bien, Dios! No te rías, ahora te he adivinado yo el pensamiento.

Y Dios ríe con ganas. Después, o al mismo tiempo, se pone serio y dice:

-Tun, tienes que volver a la tierra. Para vosotros, las raíces del Cielo tienen forma de cruz. Y si no vas, faltará tu crucecita. Tu pequeña cruz se unirá a la de mi hijo con otros millones de cruces que son la raíz de nuevas flores y de nuevas luces de colores.

-Pero, Dios, tu hijo sufrió en la cruz. Jesús me da mucha pena, allí colgado y solo.

-A mí también, Tun. Una pena que no puedes entender. Soy su padre, ¿sabes?

-No llores, Dios. ¿Quieres mi pañuelo?

-Oh, gracias, Tun. Y ahora quiero que vuelvas para consolar a Jesús con tu cruz pequeñita.

-¿Cómo lo consolaré?

-Mira: ¿ves ese brillo en sus ojos, ahora, cuando le ponen la corona de espinas?

-Sí, pobre…

-Ese brillo es que te ha visto en tu crucecita y le has aliviado el dolor de una espina.

-Ah, muy bien. Pero, pero, creo que tendré que sufrir yo algún dolor, ¿no? Si le quito un dolor a él, lo tomo yo, ¿no?

-Pues, sí, Tun. Y el primer dolor es que tienes que volver, no te hagas el remolón.

-Bueno, vale, bueno. ¿Y cuándo te podremos hablar otra vez?

-Cuando quieras, Tun. O mejor: siempre que quieras.

-Te doy un abrazo, Dios. Y hablamos otra vez… ¡Ahora!… Es que me queda una pregunta.

-A ver, solo una, Tun. Ya sé que quieres estar aquí pero todavía no puedes.

-¡Ejem! Eh, sí, sí. Bueno, la pregunta es sobre el bautismo. ¿Qué es?

-Muy fácil. Es encender la llamita. La Confirmación te da el aceite suficiente para que no se apague. Aunque, como puedes imaginar, el maligno sopla mucho para acabar con ella. ¿No has visto antes muchas luces, muchas, incontables?

-Sí.

-Son los que han mantenido la llamita encendida. Los ángeles os ayudan y la protegen de los malos vientos, de las tempestades. Cuando comulgas, el cuerpo de mi Hijo hace que la luz brille tanto que si la pudieras ver te quedarías ciego. Le pasó a San Pablo, pobre.

-Ah.

-Sí, en fin, tuvimos que obligarle a ver. No nos gusta mucho hacerlo, pero de vez en cuando es necesario. ¿Lo has comprendido, Tun? ¿Sí? Pues nos despedimos aquí.

-Oh.

-Vamos, yo estoy ahora y siempre de nuevo en todos los caminos contigo, ya lo sabes. (1)

-¡Eso se parece un poco a tu Nombre!

-Hasta ahora, siempre, Tun. Feliz tú, que crees y vives. (2)

Y Dios se emociona.

Y Tun sale de la capilla del colegio. Y hay niños que le preguntan si el bocadillo del desayuno era de atún, porque tiene la cara brillante, como de aceite. Y los ojos también brillan, pero los niños no se preguntan por qué.

 

EPÍLOGO

No puedo traducir más porque no hay más páginas sin moho ni manchas, ni agujeros. Tendré que restaurar poco a poco este libro de Tun. Pero no ahora. Regar las rosas es más importante.

NOTAS:

1. Frase intraducible al castellano que juega con el doble sentido de always (siempre), all ways (todos los caminos), now (ahora), new (nuevo) y know (saber). La combinación más precisa es la que aparece en este texto.

2. Otro texto de muy difícil traducción: juega con las formas believe (creer) y belive (similar fonéticamente: estar vivo, ser vida). Una interpretación puede fundamentarse en la fuerza expresiva del prefijo be (ser) como condición necesaria de, o para, creer y vivir.

©Francisco Segarra, 2017.


3 respuestas a “EL LIBRO DE TUN

      1. Lo suponía #Coronel. Pero ya me había equivocado una vez con los recursos literarios. Retírelo de aquí que lo queremos, bien ilustrado en papel y pasta. Un abrazo

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