Krasny Bor, la batalla que enseñó a los comunistas lo que vale un soldado español

La espera en las posiciones es casi inaguantable a -25 grados bajo cero. Los 5.000 divisionarios destacados en el frente de Krasny Bor llevan toda la noche escuchando a las tropas soviéticas organizarse en el pueblo de Kolpino, a escasos tres kilómetros de sus líneas defensivas.

El sonido de los motores encendidos de los tanques rusos durante toda la noche para evitar que se congelen antes del ataque ya saben qué significa: es la hora de luchar hasta la muerte, hasta el último hombre, hasta el último cartucho. Las órdenes son resistir aunque el suelo se hundiese bajo sus pies. Y así cumplirán sus órdenes.

El general Zukov, posterior héroe soviético por liberar Stalingrado y tomar Berlín, tiene a su disposición 44.000 hombres, casi 100 tanques, otros tantos aviones y 800 cañones de artillería. En frente, 5.000 hispanos con metralletas, fusiles, granadas y minas anticarro. Sobre el papel era imposible perder. Qué caprichoso es el destino.

Los “guripas” (como se les conoce a los soldados de la División Azul), dispuestos en forma de herradura para rodear al grueso del enemigo en su avance, no sabían que durante unas horas iban a vivir el infierno en la tierra. Posiblemente, ningún ejército ha vuelto a estar sometido a tal embestida.

A las 6.40 de la mañana comienzan las bocas de artillería a escupir fuego sobre sus posiciones. Cada una de ellas disparaba un obús cada 10 segundos. Había 800. Miles y miles de obuses caen sobre ellos convirtiendo las posiciones en campos de Marte. Después de dos horas no quedó piedra sobre piedra. La tierra estaba batida como si Dios hubiera bajado a removerla con un utensilio de cocina. La nieve, derretida, convirtió aquello en un lodazal impracticable. Cuerpos y cuerpos se volatilizaban sin dejar ni un rastro de sangre, la carne era machacada y los huesos triturados. Pero las posiciones no se movían.

Cuando la artillería empezó a tirar a las segundas líneas vino el ataque aéreo. Si alguien había quedado vivo, los aviones se encargarían de ello. Al menos es lo que en circunstancias normales ocurre. No con los españoles.

Algunas compañías habían perdido hasta el 80 por ciento de sus componentes. La media era el 50 por ciento. Casi la totalidad de las defensas y armamento había desaparecido. Los rusos lo tenían demasiado fácil y Zukov ordenó el ataque terrestre.

Los tanques no podían avanzar como se había planeado porque el terreno era impracticable. Era imposible evitar que las cadenas se atorasen de tanto barro. Le tocaba el turno a la infantería.

Los voluntarios españoles que quedaban, salen de sus agujeros y trincheras –o lo que quedaba de ellas- e intentan reagruparse para frenar el avance soviético. Las MG barren con su cadencia de 1.300 disparos por minuto las oleadas incesantes de soldados. Caen como moscas. Los cañones, al rojo vivo, parece que van a fundirse. Las posiciones, después de dejar montones de cadáveres, son sobrepasadas y el combate ya es cuerpo a cuerpo.

Los guripas usan todo lo que tienen al alcance para evitar el avance enemigo. Batallones luchan hasta el final. A media mañana, el frente se había roto por tres puntos, pero los voluntarios españoles de la División 250 del ejército alemán no se rinden. Los que quedan hasta piden fuego de artillería sobre sus posiciones demostrando que antes que la vida propia está el honor. La 4º ª División SS Polizei no acude en su ayuda porque viendo la intensidad del ataque ruso piensan que nadie puede quedar vivo. Se dedican a fortificar sus posiciones ya que creen que les queda poco tiempo antes de que el combate llegue a sus líneas.

Los españoles siguen en la brecha, cráter a cráter, palmo a palmo. Los capitanes de las compañías que siguen vivos se mueven de un lado a otro intentando mantener la moral alta y dando las pocas órdenes que se puede dar en una batalla semejante.

Después de casi 10 horas desde el comienzo de la artillería, el ataque soviético se debilita poco a poco hasta finalizar. El frente solo ha retrocedido tres kilómetros en algún sector, pero se consigue evitar que el cerco sobre Leningrado se rompa. El precio son 2.800 bajas españolas y más de 12.000 rusas. La proporción es de uno a cinco y sin más apoyo que los mismos divisionarios. Nadie les vino a socorrer.

La operación Estrella Polar, por la que Stalin quería liberar Leningrado y pasar al ataque, se ve frenada en seco por un puñado de españoles mal vestidos y mal equipados. Los alemanes no se lo pueden creer. Jamás habían visto a nadie luchar de aquella manera. En Krasny Bor descubren el carácter que impregna la sangre hispana, heredera de una tradición guerrera como ninguna.

Los pocos prisioneros que son capturados por los rusos son rápidamente interrogados para descubrir cómo ha podido ocurrir esto. Se piensa que la División Azul había utilizado una de las famosas armas secretas de Hitler de las que se rumoreaba tanto. Zukov no se cree que tan solo hayan sido 5.000 españoles los que han infringido una de las mayores derrotas del Ejército Rojo hasta el momento. En lo sucesivo, los soviéticos evitarán siempre que sea posible enfrentarse de nuevo a los voluntarios españoles.

Huidobro y Palacios, dos héroes de muchos

Todos y cada uno de los miembros de la División Azul son héroes de guerra. No hay lugar a dudas. Lo que allí se demostró ha quedado en la memoria de amigos y enemigos.

Los españoles fueron apreciados por ambos bandos, aunque entre ellos el odio visceral era casi sin sentido. Los alemanes, pese a que muchas veces se tiraban de los pelos por la indisciplina guripa, querían a un español a su lado porque sabían que las probabilidades de sobrevivir eran mucho mayores que con otros ejércitos amigos. Los rusos, pese a estar combatiendo a aliados de su archienemigo Hitler, reconocieron la valía de su ser y la humanidad de su comportamiento. De hecho, los propios civiles evitaban que los partisanos atacasen a los divisionarios, algo que no hacían con los alemanes.

De la Segunda Guerra Mundial, pese a su dureza, puede decirse que fue la última guerra entre caballeros. El respeto de algunos ejércitos a los caídos de los enemigos y el trato fuera del combate mantenía esas reminiscencias del pasado donde se valoraba al enemigo por su entrega y valor en el combate. Sin medias tintas. Sin mentiras ni puñaladas por la espalda. El honor se mide de frente.

Allá donde fueron dejaron buenos recuerdos, incluso algún que otro corazón roto.

Hago especial mención a dos divisionarios: el capitán Manuel Ruíz de Huidobro y el capitán Teodoro Palacios Cueto.

Huidobro murió en combate y por su bravura ganó la Laureada de San Fernando. Cubría con 120 hombres un frente de dos kilómetros. Casi a pecho descubierto frente al enemigo animaba a sus tropas al grito de “¡Que somos españoles! ¡Esto no es nada…No han de pasar! “. Y no pasaron. Murió gastando hasta el último cartucho intentando salvar la vida de sus hombres y cumpliendo las órdenes hasta el final.

Palacios hizo lo mismo que Huidobro y que todos los capitanes que tuvieron que defender Krasny Bor, pero él tuvo la suerte de salir vivo. La Compañía de Palacios evitó que los rusos alcanzasen la carretera que atravesaba Kolpino hasta la retaguardia de Krasny Bor, lo que hubiera sido el final. A las 16.30 fue hecho prisionero y pasó 11 años en gulags de Siberia. Fue la única laureada no concedida a título póstumo.

La novela ‘Embajadores en el infierno’ de Torcuato Luca de Tena son las memorias de Palacios de sus años captivo en Rusia. En los campos de concentración montó cursos de idiomas para que los presos se entendieran entre sí y, entre muchos actos que le honrarán para siempre, está en el defender a presos republicanos frente a los guardianes de los campos.

Mi padre siempre me ha dicho que, acabada la guerra y en plena represión franquista, al capitán Palacios se le acercaban antiguos soldados republicanos o partidarios de la extinta segunda República para pedirle ayuda. Siempre les prestó atención y ayudó en lo posible.

Quiero aprovechar para mandar un efusivo abrazo a su hijo que sé que leerá estas líneas en honor a su padre, enterrado en Santander, mi ciudad natal.

Hoy en día, cuando la memoria de estos héroes pretende ser eliminada por partidos de uno y otro signo político, cabría preguntarse si los mismos revanchistas que ahora pretenden meternos con calzador una historia que es mentira, se comportarían igual que hizo Palacios con los perdedores de una guerra. El humanismo y la talla de aquellos hombres brillan por su ausencia en el mundo de hoy y en España en particular.

Muchos murieron, otros volvieron pero ya pocos quedan vivos. Cada año recibimos la triste noticia de aquellos que van al Cielo a reencontrase con sus camaradas. En Novgorod, Rusia, hay un cementerio impoluto en honor de la División Azul y cada año militares rusos les rinden honores. Aquí, en cambio, se les tapa ya que su memoria incomoda a muchos cobardes y oportunistas, muchos de ellos denominados políticos.

No viví esa época pero no puedo evitar sentir que fui partícipe de aquella gesta tan solo por salvar su legado en la medida de lo posible, porque ese legado es el legado de la llama hispánica presente hoy en 600 millones de personas en todo el mundo.

La División Azul fue el destacamento militar con mayor nivel intelectual de la Historia. Más del 25 por ciento de sus componentes fueron intelectuales y universitarios. Les invito a investigar sobre ellos.

No tengo palabras para explicar lo que siento escribiendo estas líneas, solo lágrimas que recorren mis mejillas como la nieve se resbalaba por sus cascos de acero en tierra de nadie movidos por un ideal, fuese el que fuese.

Honor y gloria a la División Azul.

Fuente: Actuall.


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