La muerte

Es la única certeza del ser humano.

No digo del hombre o de la mujer. No digo del “yo”, el “ego” de los filósofos y de los psicólogos.

Y no lo digo porque todos estos conceptos, hoy, están en permanente discusión.

Sin embargo, estaremos de acuerdo en que un ser humano con algún grado de consciencia teme a la muerte.

No digo “todos los seres humanos” porque hay quienes carecen de consciencia por motivos bioquímicos: están locos, por ejemplo, sea lo que sea lo que esto signifique.

No digo “todos los seres humanos” porque, en determinados casos de afectación de la consciencia, el hombre o la mujer o el niño o la niña, pueden no tener miedo a morir.

Es el caso de los kamikazes japoneses, los terroristas islámicos, los miembros de alguna secta o los suicidas voluntarios. (Suicida involuntario es todo aquel que comete suicidio en estado de angustia, depresión, enfermedad terminal o dolor insufrible, entre otras causas).

El hecho, pues, de que el ser humano “standard” tema a la muerte demuestra la existencia objetiva de la muerte como fin de la existencia. Qué destino aguarda a los muertos es otra cuestión que entra de lleno en el terreno de la especulación intelectual y de las creencias: el fin absoluto, la nada, la reencarnación, el cielo cristiano, el paraíso musulmán, o cualquier otra proposición más o menos razonable, poética o descabellada que el ser humano “standard” quiera inventar.

La muerte. Todos vamos a morir y todos moriremos.

Esta certeza podemos llamarla verdad. Podemos decir que es la única verdad que resiste la crítica de la razón, del deseo y de los sueños. Incluir el sueño como forma de muerte entra dentro de las proposiciones que inventa el ser humano. Los gusanos que se comen la carne de los muertos dan fe de ello. La descomposición inexorable de los cadáveres, también.

Hay un razonamiento muy sencillo que debemos considerar: si solo existiese la muerte, no existiría nada. Por consiguiente, si hay muerte es porque (a causa de que) hay vida.

Podremos llamarlo ilusión, percepción sensorial de no sabemos qué tipo de realidad o proyección de la mente humana: lo que sea. Pero lo cierto es que el árbol está en la calle, el coche rueda, yo escribo y usted lee.

Hay vida y hay muerte.

Hay muerte -y nos da miedo- porque hay vida.

La pregunta más importante no es ninguna de aquellas que puede contestar la razón humana a través de alguna de sus más notables manifestaciones: la ciencia, el arte, la poesía…

La pregunta que ninguna ciencia puede contestar es: ¿por qué hay algo en vez de nada?

O lo que es lo mismo: ¿por qué hay vida y hay muerte?

Todos los “cómo funcionan vida y no vida” de esta pregunta terrible son objeto de estudio y de respuestas más o menos sofisticadas y más o menos razonables, siempre en continua evolución. La física de Newton deja paso a la física cuántica; la mecánica analógica, a la digital; los combustibles fósiles a las energías limpias; de la legitimación de la fuerza bruta, al consenso sobre el diálogo. Todas las facetas de la vida del ser humano tienden a evolucionar. Y así, explicaciones que antes servían, hoy no sirven. Teorías que se demuestran falsas. Métodos que se mejoran. Comodidades prácticas que llegan por la evolución y desarrollo de la ciencia.

Todo esto es cierto. Es vida. Por lo menos, podemos percibirlo con nuestros sentidos.

Ahora bien, ¿por qué existe la vida? ¿Por qué existe algo? Y, para nuestra enorme sorpresa, ¿por qué la existencia debe cortarse con la muerte? Todas estas preguntas, repito, no puede contestarlas ciencia alguna.

Si la filosofía lo hace, o las religiones, tienen que empezar por algo muy sencillo y, a la vez, muy arbitrario, opinable, incierto: tienen que ASUMIR.

Asumir que nuestros sentidos no nos engañan y, verdaderamente, el coche rueda, el árbol está ahí y yo escribo.

David Hume, filósofo ilustrado del siglo XVIII, negó este asumir hasta tal extremo que afirmó con toda la razón que ALGO QUE SE CONSIDERA ALGO PENSANTE TIENE LA SENSACIÓN DE QUE ALGO EXISTE FUERA DE SU POSIBLE PENSAMIENTO, PERO NO PUEDE ESCAPAR DE SUS SENTIDOS PARA COMPROBARLO.

Es cierto: nadie puede “salir” de si mismo, de sus ojos y oídos y manos, para verificar que el coche rueda y el árbol está ahí. Nada que decir. Hume destruyó la filosofía.

Aún en este caso de racionalismo llevado con verdad a su extremo, la muerte mantiene su presencia inevitable: podrás asumir, o no, lo que sea, pero esta sensación desaparecerá contigo -seas lo que seas- cuando mueras.

Digamos que solo tenemos por seguro:

  1. Muerte.
  2. Vida.
  3. Algo que llamamos “ser humano” que cree tener sensaciones sobre un mundo externo a él.

No hay nada más.

No hay nada más si no asumimos que lo hay.

Es lo que hizo otro filósofo, Emmanuel Kant, para salir del callejón sin salida al que nos había conducido finalmente Hume.

Digo “finalmente” porque la duda sobre la existencia de una realidad objetiva exterior al sujeto que cree pensar la planteó Renato Descartes, aunque ya provenía de los pensadores del Renacimiento e incluso de los bajomedievales (Guillermo de Ockham, Duns Scoto y otros frailes franciscanos católicos).

Después de Descartes, Locke y Berkeley ahondan en esa duda. El abismo que intuyen les detiene. Pero no a David Hume, a quien debo mi ateísmo juvenil. Es irrebatible.

Con Hume, en consecuencia, termina toda discusión humana. Nada puede saberse, nada existe o todo existe, no sé si sé o imagino que sé, no sé si imagino, no sé si conozco o puedo conocer, no sé si vivo o sueño.

Solo sé que muero. Algo que asumo como “yo” muere.

Hume, pues, ni siquiera deja en pie el sujeto personal.

Muerte y nada. Muerte y duda.

Bien. Lo inesperado, por obvio, es que somos herederos de Hume.

Pensamos como los filósofos del siglo XVIII. Normalmente, la gente de la calle adopta en su vida cotidiana las ideas de los pensadores 300 años después. Lo que hoy piensan las élites intelectuales será vivido hacia el año 2300.

Emmanuel Kant asumió todo lo que necesitaba para construir un mundo intelectual habitable, cómodo y burgués.

Emmanuel Kant, y sus seguidores, jamás ocultaron que estaban “asumiendo”.

La cómoda postura de “asumir” instalada sobre la nada de Hume permite la ilusión de una seguridad física y mental que solo se mantiene si el sujeto no mira jamás a la silla de Hume y al abismo que tiene bajo sus pies.

A partir de aquí, alejada convenientemente la muerte de la ciudades por los ilustrados -para que no pudiésemos ver ese abismo-, el ser humano adopta la creencia y el modo de vida de la inmortalidad sobre este planeta.

Sí. Han alejado a la muerte del mundo real y próximo. Han recluido a los enfermos en hospitales. Y a los incurables en centros de cuidados paliativos. La muerte debe desaparecer de nuestra vista y de nuestra vida.

Es la táctica del avestruz: esconder la cabeza bajo tierra.

Es la táctica que conviene a los poderosos de este mundo. Si el ser humano se esconde, queda prisionero, no se mueve, no se entera, no se rebela.

Si lo que ve con su cabeza enterrada en el suelo es un mundo ideal -virtual, actualmente- lleno de diversión, placer y dinero más o menos fácil: coches, viajes, deportes, playas… Si lo que ve, repito, es solo algo a lo que nos hacen llamar “vida”, y olvida la única verdad que es la muerte, el ser humano deja de ser libre.

Un acto libre es aquel que se toma con plena consciencia y voluntad. Un enfermo, un loco, un amenazado con un arma o una víctima de chantaje no pueden actuar nunca libremente.

De igual modo, alguien a quien le falta conocimiento sobre aquello que debe decidir, tampoco puede actuar con libertad.

Si uno no es consciente de que va a morir, si esconde esa realidad o no quiere pensar en ella -avestruz- no puede actuar con libertad.

Y al no poder actuar con libertad es presa fácil de la manipulación por parte de otros seres humanos.

La muerte, por tanto, nos libera en, por los menos, tres sentidos:

  • Nos libera del sufrimiento.
  • Nos libera de la existencia.
  • Nos libera del miedo. 

Estoy seguro de que la tercera afirmación es sorprendente.

Veamos: el miedo a la muerte puede ser de tal magnitud que relativice cualquier otro temor.

Es la típica frase: ¿para qué tal cosa si voy a morir?

Bien. No hay frase más perturbadora del orden social.

No hay frase más revolucionaria.

No hay frase más temida por el poder humano.

No hay frase más libre.

Y no hay más frase que deba tomarse más en serio.

Tenemos entonces dos preguntas:

¿Por qué hay algo en vez de nada?

¿Para qué hay algo en vez de nada?

Equiparemos “nada” a “muerte”, que es lo que hace el ser humano normal y corriente, el “standard” de la especie, y no entremos en las especulaciones sobre el abismo de Hume de los filósofos modernos. Siguen moviendo las sillas en la cubierta del Titanic.

Reformulemos las preguntas personalmente:

¿Por qué vivo?

¿Para qué vivo?

Responderlas equivale a ASUMIR ciertas cosas.

Asumirlas equivale a darles un valor, el que sea, para mi vida.

Si no damos valor a lo que asumimos seremos, como el viejo dicho, HOMBRES SIN PALABRA.

Un HOMBRE SIN PALABRA, entiéndase por hombre “ser humano”, deja de ser un sujeto libre para convertirse en una víctima del abismo de Hume.

Si no puedo confiar en la palabra de alguien, ese alguien desaparece como sujeto: es una entidad fantasmal que hoy es y mañana no es, es una entidad sin consistencia: mi percepción sobre ella es tan cambiante como su propia palabra cambiante. Puede llegar a no ser percibida, absorbida por el agujero negro del abismo de Hume; de la antimateria, como diría un físico cuántico.

La consistencia perceptiva, incluso para el destructor David Hume, supone una garantía del posible existir real más “sólida” que lo físico. Puedo poner en duda lo físico, pero si pongo en duda aquello que percibo se desvanece todo en el abismo. Quizá por eso Hume asistía a los oficios religiosos anglicanos.

Resumo:

¿Por qué vivo?

¿Para qué vivo?

Añadamos:

¿Qué asumo?

(Continuará)


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