El demonio no es tan feo

Me alegra que el demonio se muestre, lo cual hace a menudo: pregunten en los lupanares colombianos o tailandeses al servicio del rico de turno. O pregunten en Addis Abeba: niñas que viajan a la Arabia Saudita y no precisamente de excursión escolar a La Meca.

Es conocida la frase de Baudelaire que dice que la mayor astucia de satán es hacernos creer que no existe. Hubo, durante los años 60, corrientes de la teología católica postconciliar que lo consideraban una entidad casi mítica, el mal anónimo, sin rostro. El demonio, decían esos teólogos, es algo que el hombre moderno no puede aceptar. Naturalmente, el hombre moderno tampoco quiere aceptar a Dios.

Sin embargo, solo en Turín, más de 40.000 personas están vinculadas a sectas satánicas, y la Iglesia Católica tiene que aumentar cada año el número de exorcistas en todo el mundo. Para ver las obras del diablo basta con echar una ojeada a cualquier medio de comunicación. No en vano se le llama “príncipe de este mundo”. Cuando tentó a Cristo, le ofreció todos los reinos de aquí abajo si el propio Jesús se avenía a adorarle.

Pero el demonio no es tan feo como estos personajes del Halloween, del look gótico o del rock satánico.

De hecho, es muy bello.

Como son bellas las tentaciones que nos presenta a todos nosotros, todos los días. Es aquello que hay detrás de la tentación lo que es feo. Más que feo: horrible. El mecanismo que utiliza el diablo es siempre el mismo porque el hombre es bastante idiota en comparación con la inteligencia superior de este ser espiritual. Se presenta la tentación con la hermosura de una mujer o de una ganancia fácil. Al demonio no le interesa el sexo, ni el dinero. Le interesa perder nuestra alma para toda la eternidad. Y así -permitan la simplicidad del ejemplo-, la hermosura de la mujer puede llevar a la infidelidad, al adulterio y a la destrucción de una familia. De igual modo, la ganancia fácil puede llevar a una guerra en un país lejano para explotar sus recursos a costa de la destrucción de poblaciones o tribus de la zona. Lo mismo sucede con el alcohol y las drogas: destrucción y muerte.

El demonio, repito, solo quiere nuestra alma. Ustedes se la pueden vender, claro que sí. Pero sepan que arderán en el infierno eternamente. No es un mito, no es un cuento para asustar a los niños. Es la realidad última, definitiva. Si tienen ustedes más de cincuenta años, piensen que están más cerca del final de su vida que del principio. Piensen, aunque no quieran creer en absolutos, que se encontrarán más pronto que tarde frente al absoluto por excelencia: la muerte. Piensen que es inevitable. Y piensen que, desde ahora, es mejor que vayan estudiando las opciones. Es muy fácil: solo hay dos, la nada o el misterio. Y el misterio, a su vez, tiene dos salidas: el odio eterno o el amor eterno. Elijan.

Post scriptum: los poderosos de este mundo también se ocultan, aunque no mucho. Al igual que satán, son vanidosos y soberbios, y les gusta dejar su huella por todas partes. Vean todos los monumentos masónicos. Vean, ya se ha dicho, la estética que acompaña a cierta música de moda. Vean las orgías con menores que terminan en crímenes rituales, en España y fuera de ella. Y vean alguna decapitación del ISIS, esa diosa egipcia tan querida por las sociedades secretas. Por último, contemplen con total sinceridad su propio interior: descubrirán tendencias -y hechos- que les producirán vergüenza y asco. Cuando se justifiquen pensando “yo no soy así”, tendrán razón. Hay otro, tan bello como cruel, a quien han dejado, alguna vez, entrar libremente en su vida.


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